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Un armario, una voz y un descubrimiento imposible. Un microrrelato de terror donde cada palabra acerca al lector a una revelación inquietante.
Hay personas que aman diciendo todo. Y hay otras que pasan la vida entera intentando pronunciar una sola verdad. El cristal que no supe sostener nace justamente en ese espacio: el de las palabras que se quedan atrapadas detrás del miedo, del silencio y de la costumbre de sentir demasiado sin saber.
Hay escenas que no rompen nada. Solo confirman que ya estaba roto.
Siempre hay una forma que deja alguien cuando no está. Algunas noches, esa forma pesa más que el frío.
Volví tres semanas después. La luz roja en la puerta seguía parpadeando igual que la primera noche...
Adentro había una cama angosta, una silla rota apoyada contra la pared para no caer, y en el espejo del ropero una estampa de San Expedito a la que alguien le había dibujado bigote con lapicera.
Ella necesita un corazón para vivir, y yo he decidido darle el mío. Sé que no despertaré de esta cirugía, pero es el único modo de salvarla.
Ella estaba apoyada en la barra cuando entré. El olor llegó antes, como ya sabía que iba a pasar: tabaco negro, perfume floral de feria, alcohol. No me miró enseguida. Esperó. Las que saben, espera.
El don me acompaña desde que tengo uso de razón. No llegó con estruendo, sino como un murmullo constante que me empujaba a poner en palabras aquello que me atravesaba el pecho.
Hoy desperté y no estabas. Pero en la puerta me esperaba una sorpresa que llenó mis ojos de lágrimas y mi corazón de gratitud.
Cuando la lágrima avise su llegada, recuerda los momentos felices que hemos compartido. Y en cada sonrisa estaré haciendo algún chiste, dándote un abrazo, un beso en la mejilla, una caricia, jugueteando con tus rulitos que tanto amo.
Hoy me despido de todo lo que ya no me sirve, pero lo hago en paz, sabiendo que di más de lo que muchos merecían. No hago drama: levanto la bandera blanca y que cada quien vele por sí mismo.
Siempre supe que eras tú. Lo nuestro fue mágico desde el primer momento: ese cruce de miradas, la complicidad que se hizo presente sin pedirla. Ahí estaba, regalándonos la más bella magia.
Ese beso selló un pacto: el que hallé en tus labios y reclamé como mío.
Hoy me di cuenta de algo que me jode bastante: ya no puedo pensar en nada sin meterte en el cuadro. Así, sin avisar. Te veo sonreír y me cuesta mantener la compostura, ¿sabés?
Tu vida fue un pasaje duro, sin amor paternal y con una madre que no supo cuidarte. Te robaron tu dignidad, te quitaron la felicidad de vivir. Y nunca voy a perdonar que te hayan dejado sola.
—¿Tú me quieres? La pregunta quedó suspendida en el aire del living. Él levantó la vista, desconcertado por el tono. —¿Y esa pregunta? ¡Obvio que te quiero! —No me mientas —mi voz tembló, pero no se quebró—. Porque sabes que mi intuición nunca falla...
Me quedé con la incertidumbre. Con ese "y si" que nunca se resuelve. Y si hubiera podido decirte que sentía lo mismo...
Perdón si me alejo, pero es por mi propio bien. No vas a leer esto porque no he de mostrártelo.
Si a mi mente accedieras, entonces no habría vuelta atrás: cometería todos los pecados que no me atrevo a proponerte. Si tan solo me lo pidieras, te daría la clave de acceso.
¿De qué vale tener tu cuerpo a mi lado si tu mente está en otro lugar, con alguien más? —quiso saber. —Me acostumbré a vivir una realidad que no me convenía —intenté responder, pero su mano se posó sobre mis labios.
Siento celos solo de pensar que alguien más pudiera interesarte. Te siento mío, completamente mío. Pero sé que no lo eres. Cada uno se pertenece a sí mismo.
¿Has sentido alguna vez que vives dos vidas paralelas? En una, cumples con lo que se espera de ti. En la otra, simplemente eres.
El perfume flotaba en el aire como un espectro tibio. Áquila abrazaba la tela de una camisa, ya muerto. No como mueren los cuerpos. Como mueren las esperanzas
Alguna vez tuviste esa pesadilla en la que sientes que no eres suficiente para alguien En ese sueño recurrente, la persona amada sonríe a metros de distancia, pero no a mí.
No lo saben aún, pero dentro de algunos años sus corazones latirán al mismo ritmo. Veinte años después, entenderán que siempre se pertenecieron.
Di por sentado que estaría siempre. Ahora no vale de nada decirle que lo siento, que le quiero.
Te diste vuelta despacio, como si algo te hubiera tirado hacia atrás. En tu mirada solo había esa distancia fría que duele más que cualquier reproche.
Por qué hoy entras a mi hogar y con tu aleteo anuncias desgracia Ha llegado acaso mi hora, he de entregar mi alma a tu sombra
Hola, vieja enemiga. Hoy regresas después de un tiempo sin verte. Me tomas por sorpresa en mitad de un sábado cualquiera, cuando creía que finalmente te había dejado atrás. Hacía tanto que no sentía tu peso familiar sobre el pecho, esa opresión que conozco mejor que mi propio nombre.