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El sol brillaba desprendiendo un calor abrasador, algo que llevaban días sufriendo, cada jornada parecía más calurosa que la anterior. No existía una sombra acogedora donde poder refugiarse.
Disponer de una estancia para abstraerse del mundo exterior y poder recrear sus instintos más salvajes, le producía una emoción indescriptible.
La primera visión que tenía al entrar en casa era el perchero donde colgaba el sombrero marrón. Ella creía que era lo primero que veía, sin embargo, en su interior sabía que era lo primero que tenía que mirar, comprobar que seguía allí, que no había desaparecido.
Había pasado toda la noche dolorido, apenas pudo descansar, el dolor iba y venía de forma intermitente. Intentó estirarse y sintió como cada una de sus extremidades se resentía, para acabar encogido y acurrucado entre las hojas de aquel viejo árbol.
Entrar en aquella casa le trajo recuerdos agradables, añoranzas de un pasado del que estaba seguro había vivido en algún tiempo, posiblemente bastante lejano, o incluso demasiado cercano.
Él había acortado su nombre, nadie la llamaba Cleo...
Desde el salón podía ver la casa de su vecina tan nítidamente como si estuviese en el interior.
Hasta los doce años había sido feliz, con una vida maravillosa, le encantaba jugar, salir al campo, estar con sus amigos, no obstante, la tristeza comenzó a partir de esa edad, en la que ya nadie quería jugar con él.
–¡Dime cariño!, ¿a qué viene tanta urgencia? –He estado ocupado estos días, ya sabes, por lo de la boda, y tenía muchas ganas de verte. –Sí, la dichosa boda…
La niebla se espesaba a cada minuto, no podía acelerar a más de cuarenta kilómetros hora, las luces chocaban contra la espesura que tenían delante y rebotaban haciendo que la visión fuese pésima y cansada.
—¡Buenos días!, creo que el bus de las ocho, ya pasó ¿verdad? —¡Pues sí!, pero no se preocupe, no tardará en pasar el siguiente. ¿Lleva prisa?
—¿Se puede saber por qué estás desnuda y a oscuras? —¡Vaya! ¡Qué sorpresa! ¿Tú no tenías que estar volando? —Se tapó con la sábana, no es que le diera vergüenza que la viera, pues la había visto muchísimas veces, sin embargo, la sorpresa de verlo en la puerta de la habitación, la hizo ruborizarse.
Cadenas nocturnas Quedaba una hora o poco más para que el sol se ocultase tras el horizonte. Sentado frente a la ventana escuchaba a varias parejas de jóvenes...
El día amanecía frío, tanto de temperatura como de ilusiones, era el segundo día del año nuevo, de sueños que durante la noche se cavilaban, uno detrás de otro, prometiendo que todos y cada uno de ellos los llevarían a cabo a lo largo de los cientos de días que tenía por delante.
Sentado delante del ventanal, con una hoja en blanco y varios lápices de colores, podía ver el jardín lleno de rosas rojas, habían florecido para ser admiradas. Observaba como se mecían al compás del viento y pensaba que solo les faltaba bailar.
Un año es el tiempo que tarda la tierra en dar una vuelta completa alrededor del Sol, y en esa vuelta giramos todos.
—¿Escuchas?, son las doce y un minuto, ahí está ese ruido, ¿lo escuchas? —los dos se habían quedado en silencio. Desde la parte baja de la casa, les llegaba el sonido del roce de madera contra madera, o eso, era lo que pensaban.
Al mirar la pared del comedor, una sensación de soledad le recorría todo su cuerpo, se apoderaba de sus entrañas y le producía cuatro o cinco lágrimas que bajaban por su rostro y que de un manotazo las retiraba, intentando calmarse y poder comenzar un nuevo día.
—¡Buenos días!, esta noche has estado agitado, ¿algún mal sueño? —¡Buenos días!, sí, he tenido un sueño, lo tengo grabado en mi mente, es algo que nunca me había pasado, era como vivir otra vida, algo muy distinto a lo que conozco. —¿Quieres hablar de ello?
—Llevo unos días pensando en como atracar a mi vecina, es una mujer muy mayor, pero siempre va cargada de joyas, y siento la necesidad de arrancárselas y venderlas. —la primera mujer que había hablado no tenía más de cuarenta años, vestía un jersey azul fluorescente que podría iluminar media calle.
—Seguiremos caminando, ¿te parece bien?, por aquella parte de la ciudad parece que puede estar lo que busco —caminaba sorteando los escombros, seguido de su fiel amigo.
Llegar a tener el bien más preciado tras una hecatombe, te permitía estar en la élite de los afortunados.
Por una pequeña rendija de la persiana entraba un rayo de sol que permitía observar la habitación de matrimonio. Una alcoba decorada con pocos muebles, además de la cama, un aparador, un pequeño espejo y un taburete forrado con tela marrón.
—Cuatro esquinitas tiene mi cama, cuatro angelitos guardan mi alma —Sofía dejó de rezar, para mirar a la mujer que, con aquella cara cubierta de arrugas, la escuchaba con los ojos cerrados —abuela, ¿por qué tengo que rezar esto todas las noches?
El aire desapareció mientras el suelo parecía gelatina a punto de engullir un cuerpo en unos segundos. Intentaba mantener los ojos abiertos mientras luchaba por abrir la boca con la intención de gritar.
La noche, esa oscuridad que puede traer paz al día, o, por el contrario, una guerra mental al insomne, o a aquel que busca ocultarse de miradas ajenas, al que amparado por la oscuridad vaga por los caminos desconocidos de pensamientos que ni él mismo reconoce.
—¡Buenos días, cariño! ¿Sabes qué día es hoy? —¡Pues claro!, llevo todo un año deseando que llegase este día. Él preparaba el café, mientras ella se disponía a tostar el pan. Colocaron la mesa con zumo, mantequilla, mermelada y se miraron tan apasionadamente que daba la impresión, que el tiempo...
—¡Un año, cariño! Como pasa el tiempo, llevamos un año de casados, y me parece que fue ayer cuando nos juramos amor eterno. —Cierto amor, y tengo que decir que este año fue maravilloso, espero que todos los que vengan sean iguales. Llega el día de Todos los Santos y tengo que contarte...
Cuando la vida te pone a prueba, intentas por todos los medios sobrevivir. Si te maltrata, la miras de reojo, buscando un hueco de felicidad. Anastasia estuvo a prueba toda su vida, miro de soslayo, buscando ese bienestar que pocas veces aparecía
El sol se ocultaba, podía ver como la sombra de la noche se colaba por la ventana, creando una leve oscuridad en toda la estancia. Llevaba horas sentada ante una mesa dispuesta para la ocasión tan especial de ese día. Largos minutos dándole vueltas a la situación
